9 de febrero de 2013

EL ANTIPETRISMO Y LA VANIDAD DE LA CRÍTICA.




Un sábado de septiembre de 1997, el basurero Doña Juana no aguantó más su indigestión de porquería diaria. Colapsó y el río Tunjuelito se represó y propició una serie de taludes de desechos que terminaron afectando a las personas de los asentamientos pobres de los alrededores. El hecho y su manejo causaron varias protestas ciudadanas los días siguientes a la tragedia. Los decretos de emergencia que salieron por esos días de manos del entonces alcalde ordenaron también apaciguar esas movilizaciones a palos.

Entre quienes se movilizaron para protestar se encontraban Guillermo Asprilla y un tal Gustavo Petro. El primero, siendo abogado, optó por organizar a la comunidad afectada y presentar demanda contra el Estado por su evidente negligencia, o simple tolerancia, en el anormal  manejo del relleno que causó la tragedia. Años después, el señor Asprilla fue elegido concejal del Distrito y posteriormente, en el año 2012, llegó al cargo de Secretario de Gobierno en la alcaldía de Gustavo Petro, que había prometido un gobierno de izquierda. En ese mismo 2012, después de 15 años de ocurrida la catástrofe del basurero, la justicia, luego de una década y media de cojear, llegó por fin y falló la demanda de Asprilla a su favor, condenando al Estado a pagar 227 mil millones como indemnización a las víctimas que padecieron la avalancha de basura.

Y ahí fue la de Troya. El hecho vino como anillo al dedo de la garra que viene asediando la administración de Bogotá, y que se mueve a fuerza de intrigas de gremios poderosos y patrañas propagadas, por torpeza o abyección, en los medios de comunicación. Recuerdo por ejemplo los titulares del Espectador o el noticiero Caracol –casualmente del mismo dueño-: “Al señor Asprilla le va tocar un 15% de esos 227 mil millones.” La noticia contada a recortes sugería miserablemente una conclusión falsa: El secretario de gobierno se va a tapar en plata, y desde su cargo público sigue haciendo negocios privados, y hasta se vale de su puesto para impulsarlos.

Oportuno fallo del Consejo de Estado que sirvió para armar la nueva mentira. De inmediato entró a escena el procurador Ordóñez, que se empeña en hacer campaña a la presidencia a fuerza de echar incienso en las iglesias y perseguir infieles. Ya se había llevado por los cuernos a Piedad y Alonso Salazar, en descarados fallos amañados, tenía la orden de ir a por Petro y Asprilla sería un buen abrebocas. Que había que empezarle investigación al secretario de gobierno, que era inadmisible que desde su cargo siguiera llevando procesos jurídicos, y que ese asunto lo investigaba y lo fallaba rapidito, no se iba a tardar 15 años en esa vuelta como hizo el Consejo de Estado con los pobres enmelotados de basura.   

Y así fue. Bastaron unos pocos meses para que el procurador redactara un fallo de varios cientos de páginas condenando a Asprilla a la sanción máxima de 12 años de inhabilidad y destitución. La misma justicia que se le tardó 15 años en venir, ahora reculó en pocos meses y le endonó casi el mismo tiempo como castigo. Asprilla, en su defensa, presentó un poder notariado en el que renunciaba a la representación de la demanda del basurero en el año 2011, cuando empezó a ejercer cargos públicos, y nombraba a una nueva abogada para que siguiera con la misma. También mostró en el proceso la historia clínica de su esposa, quien por esas fechas empezó a padecer una larga y terrible enfermedad que finalmente la mató, y por la cual Asprilla se retiró de sus asuntos profesionales para acompañarla. Hecho que explicaba cómo, si bien realizó una sustitución al poder de la demanda, no la allegó al expediente. Sin embargo, expuso también en su defensa que, haciendo el recuento del proceso, no hubo desde 2011 y hasta que se falló, una sola actuación a su nombre, pues no hizo ningún trámite dentro del mismo desde ese tiempo.

En términos jurídicos ese es el típico caso de lo que en los manuales de derecho disciplinario se conoce como “falta de ilicitud sustancial”. Una aparente violación a la norma, que no pasa de términos formales y no se traduce así en la práctica. Pero no se trata de la misma práctica del inquisidor Ordóñez, y por eso las razones de la defensa no bastaron.

Hicieron su tarea. Eliminados los escoltas, sólo queda ocuparse del jefe. Ordóñez apunta hacia Petro con todo lo que tiene. Tiene varios pretextos de investigaciones, pero la mayor excusa es la del cambio en el modelo de basuras, que con la oposición de poderosos gremios y –hay que admitirlo- torpezas administrativas, tuvo problemas logísticos que ahora quieren maximizar hasta convertirlos en delitos. Esa persecución antipetrista ha logrado mover máquinas peligrosas en el país, y cosas tan increíbles como convertir a Cartagena de una de las ciudades con más desastres ambientales de Colombia, en la administración más preocupada, progresista y avanzada en cuanto al tema ambiental en el país. Todo por cuenta de que unos camiones de segunda mano arrendados por el distrito de Bogotá para cubrir temporalmente las funciones de recolección de desechos -mientras llegan los nuevos por los que ya se licitó- tuvieron la mala fortuna de tocar puerto cartagenero y quedarse varados allí por meses, dado que órdenes oscuras instruyeron para que las autoridades jodieran cuanto más pudieran para no dejarlos mover.      

Como lo reseñó el periódico El Tiempo –de los diarios que extrañamente se ha mantenido más moderado en su antipetrismo- en agosto del año pasado, en artículo titulado La situación ambiental en Cartagena es crítica, esta ciudad presenta una catástrofe medio ambiental de tal envergadura que la misma procuraduría le pidió al gobierno nacional meterle mano al asunto y establecer un plan de ayuda inmediata. Ello debido a que se juntaron varias emergencias que amenazan con un colapso general, como la contaminación de la ciénaga, los caños infartados, la ausencia de agua potable, la erosión de los cerros, el deterioro de las islas de Tierra Bomba, la invasión de las costas y los residuos de La Boquilla, san Francisco y La Bocana.

Pero toda esa catástrofe medio ambiental fue olvidada para cuando llegaron los camiones de Petro. La urgencia y la prioridad era no dejarlos mover de ahí. Representantes de todas las autoridades ambientales de la ciudad llegaron hasta el sitio donde estaban parqueados, y todos declararon que permitirlos circular por tierra en su camino hasta Bogotá sería correr un grave riesgo ambiental, ya que, por ser camiones de segunda, contenían aún residuos de desechos en sus compartimientos, los cuales iban a aerolizarse con la marcha del camión, lo que generaría partículas nauseabundas y contaminantes en el aire, que podrían afectar a la comunidad.

Cuanta minucia a la hora de buscar un daño ambiental, cómo se preocupan por el bienestar de la gente en la ciudad donde los pobres viven en zona inundable que el mar reclama todos los años. Me pregunto si éstos expertos ambientales no se habrán topado nunca mientras andan por la ciudad  con una camión de basura, ni se habrán percatado de cómo huele, ni les habrá tocado acaso padecerlos adelante en un trancón, mientras soportan su estela nauseabunda, en hechos que pasan en todas las ciudades del país, pero que, por arte y magia del antipetrismo, se convirtieron en principal preocupación ambiental de Cartagena, por lo cual se decidió mantenerlos aislados, en cuarentena para proteger a la gente de sus peligrosos olores. Cuarentena que sólo podía ser violada por los señores periodistas, quienes a pesar del riesgo medio ambiental tan grande de estos aparatos, con su gran valentía y profesionalismo, poniendo el deber de la noticia por sobre su propia salud, se metieron al parqueadero de los aparatos contaminados y sacaron unas muy buenas primeras tomas de los óxidos y grietas que tenían. ¡Qué vivan nuestros grandes reporteros gráficos del Espectador!  Nada los detiene con tal de desinformar, las secuelas de semejante hazaña las deben padecer hasta ahora sus pobres pulmones afectados, pero no imposta ¡lograron la noticia!

No vale la pena hablar en abstracto, ni tocar el tema genérico de la administración de Bogotá y sus detractores. Mejor mostrar pequeños hechos que reflejan sin embargo, las intensiones grandes y oscuras que laten en el asunto. Estos dos de que hablo, por ejemplo, resultan bastante gráficos.

A semejante farsa, grotesca y ridícula, a semejante nivel de asqueamiento llega el discurso sinuoso del antipetrismo, perdiendo en el camino todo sentido del ridículo, y de paso, sin disimular un ápice su intención de considerar a la ciudadanía absolutamente estúpida. Aunque esta se resista y muestre en una última encuesta que el nivel de aceptación de Petro está cerca al 50%. Entonces la garra que asedia se retuerce y empuña y golpea con fuerza irascible, porque no lo termina de creer. La verdad es que ni yo mismo termino de creer que a un año de tan descarada y frontal persecución, un mandatario de estos siga con un nivel de aceptación presentable, a pesar de la hipnosis masiva que sus perseguidores se empeñan en enviar.

Y si la derecha lo persigue con su garra, la izquierda le saca el culo. Hablo del partido amarillo que se empeña en tomar total distancia, en adoptar con la administración bogotana la actitud que mejor aprendió en los años que lleva de vida, la oposición ciega que los reduce a meros agitadores vulgares. Los militantes o intelectuales prefieren mantener con él la vanidad de la crítica. Le cobran a Petro el haber ganado las elecciones internas para la candidatura presidencial de 2010; el votar por el procurador cuando era senador; el haber dicho que los militares podían ejercer su legítimo derecho a la defensa judicial –como tiene derecho cualquier ciudadano acusado de algo, no le veo lo terrible-; el asumir una actitud que tildan de “tibia” ante una ley de restitución de tierras que califican de inocua, en un país sin antecedente de una ley similar en el tema agrario que todavía es feudal.

Todos ellos, hechos inmediatos que no tendrían por qué desvirtuar toda una política que puede mostrar una más larga lista de cosas a resaltar. Una política que sin lugar a dudas, es lo más parecido a un gobierno de izquierda que se haya podido reportar en lugar importante del país. Pero la intransigencia, esa vanidad de la crítica que muchos prefieren conservar, nos lleva al canibalismo, a que las hormigas se maten entre sí olvidando la pata del elefante que pronto las va a aplastar. Y lo peor es que esa es una película que la izquierda ya ha podido ver antes, muchas veces antes, en Colombia. Ojalá quedemos hormigas vivas cuando nos pise Ordóñez.    

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