2 de mayo de 2017

ALVARO URIBE ES EL GRAN CULPABLE DE LA TRAGEDIA DE MOCOA.




A un mes del espanto de Mocoa, y hoy que la prensa anuncia ya el muerto número 330 de esa borrasca furibunda que sepultó, entre lodos y piedras y palos, a los pobres que vivían en zona de riesgo porque el modelo económico de nuestro suelo no les dejó más opciones, será ya tiempo de señalar culpables.

Y el principal para mí es Álvaro Uribe Vélez. Aunque esta denuncia sea sólo una nota menor en el prontuario de quizás el gobierno más corrupto de los últimos tiempos, será obligatorio sacarla.

El tema es simple: las cuencas de los ríos, hasta no hace mucho se cuidaban por parte de las autoridades ambientales invirtiendo un instrumento económico de gran utilidad que servía para financiar gran parte de las políticas de cuidado y mitigación, para que no pasaran cosas como las de Putumayo.

Ese instrumento ambiental y financiero, de gran servicio e inteligente diseño, eran las tasas de uso de agua. Básicamente, una especie de impuesto que se cobra por la utilización directa de un cuerpo de agua, a quien se sirva tomar el líquido directamente de las ríos y quebradas, en grandes cantidades.

La tasa de uso de agua la creó el Código de Recursos Naturales en el año 74, y la reglamentó apenas la ley 99 en el 93. Sin embargo, al año 2002, este mero instrumento ya representaba casi el 5% del total de ingresos que percibían las autoridades ambientales, quienes por obligación legal debían reinvertir esos dineros en el cuidado de la cuenca.

Ello fue así hasta el gobierno Uribe, quien prácticamente las acabó, reduciendo su tarifa a cifras casi ridículas para ayudar así, con otra gabela tributaria, a sus amigos finqueros y terratenientes.

Ese gobierno reglamentó en dos ocasiones la tasa de agua, primero en 2003 con el decreto 3100, y después en 2004 con los decretos 155 y 3440, que en la práctica se volvieron una exención tributaria para los terratenientes y dueños de grandes industrias agropecuarias. Mientras antes del gobierno Uribe, la tarifa de la tasa por utilización de agua de una Car como la de Cundinamarca llegaba a ser de un rango entre 7 y 77 pesos por metro cúbico, con la primera reforma se bajó y se pasó a cobrar sólo 4,7 pesos por metro cúbico; y después de la segunda reforma a su tarifa, ya para el año 2005, se cobraba apenas, no es un chiste,  85 centavos, sí centavos, por metro cúbico.

Fue quizás el único impuesto que bajó el gobierno Uribe. Y lo hizo en dos ocasiones, y por decreto, claramente presionado por la burguesía rural y pre moderna que lo sostuvo en el poder. El exabrupto fue denunciado en su momento por gente de la talla de Manuel Rodríguez Becerra, el primer ministro de medio ambiente que se tuvo en el país, quien sentenció que este gobierno había acabado con el instrumento económico más eficaz para el cuidado de los ríos y la prevención de desastres como el que hoy ese ex presidente dice lamentar. 

También se acabaron con Uribe los tiempos en que los técnicos maNejaban el ministerio del medio ambiente, pues bajo sus dos mandatos éste sufrió el peor deterioro de todos los tiempos; lo absorbió el sector privado y lo volvieron una feria de favores políticos. Recuérdese que en ese gobierno llegaron a ser ministros tipos absolutamente ajenos al tema y sin más méritos que la lambonería profesada por el hombre de la mano firme, como fue el caso insólito de Juan Lozano. 

Después de bajar la tarifa dela tasa de agua, los ingresos de las CAR cayeron del 5% que se mencionó antes, a casi el 0,5% que hoy día reciben. Este recorte tan traumático ha sido determinante en que hoy día las cuencas no se cuiden, los ríos no se monitoreen, la deforestación coja ventaja y las zonas de riesgo donde mandamos a vivir a los pobres cada vez estén más expuestas a los desastres de un río que tiene memoria y nos lo recuerda de vez en cuando.

Con tanta denuncia para defenderse, el ex presidente Uribe no tendrá tiempo para pronunciarse sobre cosas eximias como esta. Pero hoy, a sus muertos, yo quiero sumarle estos 330. Y que alguna vez, el último de sus juicios, sea el ambiental. Allí no hubo menos desastres que en sus mucho más conocidos pecados.
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